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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Vida de coreuta



La música (del griego mousike, es decir, "el arte de las musas") es, según la definición tradicional el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo, mediante la intervención de complejos procesos psico-anímicos. El concepto de música ha ido evolucionando desde su origen en la antigua Grecia, en que se reunía sin distinción, a la poesía, la música y la danza como arte unitario. Desde hace algunas décadas su definición se ha vuelto más compleja, ya que destacados compositores, en el marco de diversas experiencias artísticas, han realizado obras que, si bien podrían considerarse musicales, expanden los límites de su definición. 

La música, como toda manifestación artística, es un producto cultural. El fin de este arte es suscitar una experiencia estética en el oyente, y expresar sentimientos, circunstancias, pensamientos o ideas. La música es asimismo un estímulo que afecta el campo perceptivo del individuo, pudiendo, el flujo sonoro, cumplir con varias funciones. 

Desde siempre, tanto la música como la pintura, han formado parte de mi vida, de mi existencia, como dos pilares culturales fundamentales e indisolublemente unidos por la parte genética familiar, escuchando y, a la vez, asimilando todo tipo de música: desde el jazz y el blues, pasando por la música instrumental (la cual servía, en muchas ocasiones de "puente"), de introducción para la música clásica en todas sus variantes (coral, ópera, sinfónica), sin olvidarnos de la de cámara, especialmente después de almorzar, en donde se la disfrutaba aun más en compañía quizás de un buen libro.., o realizando algunos trabajos manuales. 




La adolescencia es, como todos sabemos, una época de profundos cambios. Fue en aquella etapa tan peculiar que comienza esta historia tan particular, tan emocionante y tan especial, que dejó una profunda y muy duradera huella en mi interior, y que me acercó aun más a la música. 

Como todo adolescente el mundo que me rodeaba era ilimitado y estaba lleno de aventuras sumamente interesantes. Con 15 años recién cumplidos, y habiendo estado en contacto con la música desde siempre, el momento había llegado de experimentar y de probar por mi cuenta algo nuevo como era formar parte de un coro. ¡Que fascinante vida llena de aventuras!....Curiosa como era (una peculiaridad que aun persiste), me presenté, un miércoles a la tarde,  unos minutos antes de comenzar los ensayos, con la directora del coro, una movida audaz, pues en aquellos instantes aun no había aprendido a leer música, por lo que las partituras representaban, verdaderos jeroglíficos a desentrañar. Finalmente, y después de haber probado el registro de voz me dirigí hacia la sección de las sopranos, con algunos partituras en la mano. Un nuevo horizonte comenzaba a abrirse delante de mis ojos, y nuevas experiencias estaban a punto de comenzar. 

Un grupo de unas 50 personas amablemente me dieron la bienvenida aquella noche, y pronto me sentí totalmente integrada a aquel grupo. El coro se especializaba en música sacra, mientras que la   orquesta, esta última fundada unos años después, con la finalidad primordial de acompañarnos en las grandes obras corales de todos los tiempos.  Nuestro compositor "estrella" solía ser Johann Sebastian Bach, (del cual interpretamos desde corales sencillos, pasando por distintas cantatas, hasta enfrentarnos con aquellas obras monumentales como son sus Pasiones de San Mateo y San Juan, el Oratorio de Navidad, el de Pascua, la Misa en Si Menor y el Magnificat) uno de los tres pilares de la música clásica, cuyas obras han perdurado hasta nuestros días.




Muy pronto las partituras dejaron de ser jeroglíficos, gracias a la ayuda desinteresada y honesta de muchos integrantes de aquel grupo tan especial, donde la palabras cordialidad, respeto y tolerancia estaban escritas con mayúsculas, y con el entusiasmo y la pasión que siempre me han caracterizado, me lancé de lleno a aquel mundo maravilloso de la música. 

Entusiasmada por aquel mundo extenso y maravilloso que se me abría, no solo solía ser una de las primeras en llegar al ensayo, sino también he sido la integrante más joven de aquel grupo..., y la que más tiempo (15 años seguidos) participó de todas sus actividades, desde Conciertos de Navidad, hasta casamientos y demás celebraciones importantes. No comprendía para nada el apuro de muchos integrantes al acercarse la hora de finalización del ensayo, pues, en realidad, era más bien elástica, y se adapta a los tiempos y a las circunstancias de cada momento. Y si bien nuestro día de ensayo oficial era el miércoles, se solían añadir, especialmente cerca del "debut" de cada obra, ambos días del fin de semana, convirtiéndose a veces aquellos ensayos en verdaderas maratones, mi entusiasmo, pasión y alegría me ayudaban a sobrellevarlo de la única manera posible: disfrutando plenamente de cada instante. 

Como ya he mencionado, nos especializamos en música sacra, y si bien al principio no nos solíamos mover demasiado lejos de la música barroca (Bach, Haendel, etc),  con el tiempo, comenzamos a introducirnos en los mundos musicales maravillosos de Mendellsohn, Haydn y Mozart y Dvorak, ampliando, de esa manera, nuestro repertorio, y aunque eramos un grupo más bien reducido de coreutas (aproximadamente unos 50 integrantes), nos aventuramos en aquellas obras monumentales y únicas de la historia musical universal con la misma seriedad y responsabilidad como lo haría un coro profesional. Además de las arriba mencionadas, también interpretamos la Misa en Re Op. 86 para cuatro solistas, pequeño coro y órgano de Dvorak, el oratorio Elías de Mendellsohn, el Messías de Haendel, algunas obras (como la Creación de Haydn), y el maravilloso y emocionante Requiem de Mozart.

Sin ninguna duda, las mejores vivencias y experiencias las vivíamos durante nuestras giras, que tenían varios propósitos. Por un lado, aprovechábamos para realizar algo de turismo, además, esos viajes ayudaban a unir aun más a ambos grupos: el coro y la orquesta parecían fusionarse perfectamente, convirtiéndose en un solo grupo con un el propósito de dar el 250% en cada concierto. Una de las giras más emocionantes que recuerdo fue aquella con El Mesías de Haendel, especialmente por la reacción de la gente, personas que solo conocían la música folclórica se agolparon y escucharon con una atención y respeto enormes aquella representación, el contacto entre público e intérpretes fue, para nosotros, emocionante hasta casi las lágrimas, pues no solo nadie se movió de su lugar (la sala estaba tan llena que no cabía un solo alfiler), sino que, una vez finalizado el concierto, muchos se nos acercaron, felicitándonos e interesándose por algunos detalles de aquella obra, para ellos tan nueva y difícil de asimilar y comprender, invitándonos, acto seguido (y fuera totalmente de programa) a compartir un sencillo y delicioso asado, especialmente preparado para nosotros. Es esta imagen que quedó grabada a fuego en mi interior la que aun perdura en el tiempo: la admiración, gratitud, respecto y alegría de aquellas personas por haberles regalado un pequeño instante de nuestro tiempo, llenando su vida de una intensa alegría, trayendo música y cultura a su monótona existencia. 














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